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Día 11 Rosario Castellanos


Rosario Castellanos
México
1925-1974

Autorretrato
Yo soy una señora: tratamiento 
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil 
para alternar con los demás que un título 
extendido a mi nombre en cualquier academia. 

Así, pues, luzco mi trofeo y repito: 
yo soy una señora. Gorda o flaca 
según las posiciones de los astros, 
los ciclos glandulares 
y otros fenómenos que no comprendo. 

Rubia, si elijo una peluca rubia. 
O morena, según la alternativa. 
(En realidad, mi pelo encanece, encanece.) 

Soy más o menos fea. Eso depende mucho 
de la mano que aplica el maquillaje. 

Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo 
aunque no tanto como dice Weininger 
que cambia la apariencia del genio. Soy mediocre. 

Lo cual, por una parte, me exime de enemigos 
y, por la otra, me da la devoción 
de algún admirador y la amistad 
de esos hombres que hablan por teléfono 
y envían largas cartas de felicitación. 
Que beben lentamente whisky sobre las rocas 
y charlan de política y de literatura. 

Amigas... hmmm... a veces, raras veces 
y en muy pequeñas dosis. 
En general, rehuyo los espejos. 
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal 
y que hago el ridículo 
cuando pretendo coquetear con alguien. 

Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño 
que un día se erigirá en juez inapelable 
y que acaso, además, ejerza de verdugo. 
Mientras tanto lo amo. 

Escribo. Este poema. Y otros. Y otros. 
Hablo desde una cátedra. 
Colaboro en revistas de mi especialidad 
y un día a la semana publico en un periódico. 

Vivo enfrente del Bosque. Pero casi 
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca 
atravieso la calle que me separa de él 
y paseo y respiro y acaricio 
la corteza rugosa de los árboles. 

Sé que es obligatorio escuchar música 
pero la eludo con frecuencia. Sé 
que es bueno ver pintura 
pero no voy jamás a las exposiciones 
ni al estreno teatral ni al cine-club. 

Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo 
y, si apago la luz, pensando un rato 
en musarañas y otros menesteres. 

Sufro más bien por hábito, por herencia, por no 
diferenciarme más de mis congéneres 
que por causas concretas. 

Sería feliz si yo supiera cómo. 
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos, 
los parlamentos, las decoraciones. 

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto 
es en mí un mecanismo descompuesto 
y no lloro en la cámara mortuoria 
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe. 

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo 
el último recibo del impuesto predial.



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